Anoche, en el Gran Teatre del Liceu
de Barcelona, la belleza tuvo voz. Mi felicitación y agradecimiento a Lisette
Oropesa, como Giulietta, y Raffaella Lupinacci, como Romeo, y a todo el
reparto, el coro, la orquesta, Allex Aguilera, Ricardo Frizza, y quienes
hicieron posible esta representación de “I Capuleti e i Montecchi”, de Vincenzo
Bellini y del libreto de Felice Romani.
Me emocioné en la alquimia que crean
unas voces cuando se encuentran: una belleza que nos atraviesa y permanece
cuando ha bajado el telón y sigues paseando junto a tu esposa por la Rambla.
Confieso que también me conmovió y
mucho la vigencia que encuentro en el libreto de Felice Romani. Bajo la
historia de amor aparecen conflictos que seguimos reconociendo: identidades
convertidas en trincheras, lealtades que impiden escuchar y un poder que
pretende decidir sobre la libertad de otros.
“Sorge fra noi di sangue fatal
barriera,
e non sarà mai tolta, giammai, lo
giuro”
La tragedia nos devuelve una pregunta
incómoda: ¿qué sucede cuando mantener un enfrentamiento importa más que
proteger la vida, el amor a las personas?
“Qui ciascuno ad una voce, guerra a
voi gridando va,
guerra, guerra, guerra”
Salí del teatro pensando en la concepción
de Pasolini sobre de herejía del amor que Víctor García de Gomar propone con
brillantez en el programa de mano del Teatro. En el coraje que exige amar cuando
el entorno reclama enemistad. En la libertad de reconocer al otro cuando todo
invita a reducirlo a una etiqueta. En cuánto necesitamos esa disposición para
construir una prosperidad verdaderamente humana.
Porque el amor puede resultar
profundamente incómodo para un orden sostenido sobre la dominación, polarización,
poder, productividad a cualquier precio, la intolerancia o la necesidad de
vencer siempre.
Amar reconoce una dignidad que no
podemos someter a nuestra conveniencia.
La prisa por poseer, acumular y
controlar puede ocupar tanto espacio que terminemos confundiendo prosperidad
con adquisición. En tiempos de lenguajes manipulados y desinformación pueden arrastrarnos
al abismo del individualismo. Pero prosperar incluye disponer de tiempo, salud,
autonomía, seguridad material, vínculos y oportunidades para desarrollar
nuestras capacidades. Y la prosperidad compartida exige preguntarnos cómo
nuestras decisiones amplían también las posibilidades de los demás.
No basta con que el progreso produzca
más. Necesitamos decidir qué vida hace posible y quién puede participar de
ella.
La incertidumbre vuelve especialmente
importante esta pregunta. Cuando sentimos amenazados (por la IA) nuestro
trabajo, nuestra identidad o nuestro futuro, pueden aparecer ansiedad y
angustia. Merecen escucha y respuestas concretas. Requieren de nuevos
liderazgos. Sería injusto pedir a alguien que transforme su miedo en
aprendizaje mientras ignoramos las condiciones que lo rodean.
El coraje comienza por reconocer esa
vulnerabilidad. Continúa cuando, con apoyo y criterio, somos capaces de dar un
paso sin disponer de todas las garantías. También cuando pedimos ayuda,
cuestionamos una decisión o defendemos un límite necesario. Es todo lo contrario
al management autocrático.
Necesitamos inteligencia humana.
Concretamente Inteligencia Antifrágil (IAF), el enfoque que he desarrollado
para cultivar nuestra capacidad humana de crecer en la incertidumbre y la
complejidad. Mi propuesta tiene una orientación explícita:
El propósito de la Inteligencia
Antifrágil es el amor por la prosperidad compartida. ¿Una herejía?
El amor y el cuidado orientan la
prosperidad que buscamos; la Inteligencia Antifrágil (IAF) desarrolla
capacidades para contribuir a construirla. Esta relación es fundamental:
podemos aprender, innovar y adaptarnos al servicio de objetivos que dañan. Por
eso necesitamos unir capacidades, propósito y responsabilidad por las
consecuencias.
En el modelo UEOIA, sistema de
competencias para desarrollar la IAF, hace que esa orientación se convierta en
práctica. La mentalidad de crecimiento permite revisar nuestras certezas y
escuchar lo que nos motiva. La conexión creativa abre encuentros entre
experiencias y perspectivas diferentes. La creación de opcionalidades amplía
nuestra libertad para elegir. La gestión y transformación de la incertidumbre
ayuda a actuar con criterio ante lo desconocido. La adaptabilidad radical
permite reconfigurar hábitos, funciones y estructuras, incluyendo aquellas que
están produciendo daño.
Entrenar estas competencias requiere
oportunidades, recursos y vínculos de confianza. El sufrimiento, por sí solo,
no garantiza aprendizaje. También hay daños que debemos prevenir y condiciones
que tenemos la responsabilidad de cambiar.
Desde esta perspectiva, el liderazgo que
trabaja desde la IAF recobra profundidad humana. Movilizar a las personas en
libertad exige comprender qué las motiva, qué las inspira y qué las preocupa;
reunir esa diversidad alrededor de una misión compartida y permitir que influya
en las decisiones.
El cuidado se vuelve entonces una
responsabilidad concreta: escuchar una objeción, reconocer una sobrecarga,
ofrecer tiempo para aprender, explicar una decisión difícil y compartir las
oportunidades que genera una transformación.
Esta mirada resulta especialmente
necesaria al liderar la adopción de inteligencia artificial.
Detrás de una resistencia puede haber
preguntas legítimas: «¿Seguiré siendo necesario?», «¿Qué ocurrirá con lo que sé
hacer?», «¿Podré aprender?», «¿Quién responderá cuando yo o la herramienta se
equivoque?». Liderar exige abrir espacio para esas preguntas y ofrecer
respuestas honestas, también cuando todavía son incompletas.
Aplicar la IAF a la adopción de IA
significa despertar curiosidad, facilitar aprendizaje, contrastar resultados,
crear alternativas y experimentar con riesgos asumibles. Significa revisar cómo
se distribuyen las tareas y cómo evolucionan las responsabilidades. Y exige
incorporar a las personas a las decisiones que afectan a su contribución
profesional.
Hay decisiones que revelan el
propósito real de esa adopción: qué hacemos con el tiempo liberado, cómo
acompañamos a quienes necesitan aprender, qué capacidades humanas queremos
preservar y cómo compartimos el valor creado.
El coraje del liderazgo consiste
también en sostener estas preguntas cuando la urgencia reclama únicamente
velocidad.
La experiencia del Liceu me dejó una
imagen que conecta con todo ello: voces distintas que escuchan, respiran y
construyen juntas algo que ninguna podría crear por separado. Cada contribución
conserva su singularidad y, al encontrarse con las demás, amplía lo posible.
Esa alquimia merece inspirar nuestra
manera de liderar y de transformar el trabajo.
Gracias a quienes anoche nos
regalaron tanta belleza. Giulietta y Romeo , Bellini y Romani, me recordaron
hasta qué punto el odio puede clausurar el futuro y cuánto coraje requiere
abrirle una posibilidad al amor.
Quiero una Inteligencia Antifrágil
que nos ayude a mantener abierta esa posibilidad: aprender con otros, crear
alternativas y transformar nuestras condiciones de vida para prosperar juntos,
lo contrario no es prosperidad.
Eudald Parera Riera, autor de Inteligencia Antifrágil, mejora crece prospera publicado por LID Editorial
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