31.10.26

La herejía de prosperar juntos. Amor, coraje e Inteligencia Antifrágil: liderazgo en tiempos de IA

 Anoche, en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, la belleza tuvo voz. 

Mi felicitación y agradecimiento a Lisette Oropesa, como Giulietta, y Raffaella Lupinacci, como Romeo, y a todo el reparto, el coro, la orquesta, Allex Aguilera, Ricardo Frizza, y quienes hicieron posible esta representación de “I Capuleti e i Montecchi”, de Vincenzo Bellini y del libreto de Felice Romani. 

Me emocioné en la alquimia que crean unas voces cuando se encuentran: una belleza que nos atraviesa y permanece cuando ha bajado el telón y sigues paseando junto a tu esposa por la Rambla.

 Confieso que también me conmovió y mucho la vigencia que encuentro en el libreto de Felice Romani. Bajo la historia de amor aparecen conflictos que seguimos reconociendo: identidades convertidas en trincheras, lealtades que impiden escuchar y un poder que pretende decidir sobre la libertad de otros.

“Sorge fra noi di sangue fatal barriera,

e non sarà mai tolta, giammai, lo giuro”

 La tragedia nos devuelve una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando mantener un enfrentamiento importa más que proteger la vida, el amor a las personas?

“Qui ciascuno ad una voce, guerra a voi gridando va,

guerra, guerra, guerra”

 Salí del teatro pensando en la concepción de Pasolini sobre de herejía del amor que Víctor García de Gomar propone con brillantez en el programa de mano del Teatro. En el coraje que exige amar cuando el entorno reclama enemistad. En la libertad de reconocer al otro cuando todo invita a reducirlo a una etiqueta. En cuánto necesitamos esa disposición para construir una prosperidad verdaderamente humana.

 Porque el amor puede resultar profundamente incómodo para un orden sostenido sobre la dominación, polarización, poder, productividad a cualquier precio, la intolerancia o la necesidad de vencer siempre.

 Amar reconoce una dignidad que no podemos someter a nuestra conveniencia.

 La prisa por poseer, acumular y controlar puede ocupar tanto espacio que terminemos confundiendo prosperidad con adquisición. En tiempos de lenguajes manipulados y desinformación pueden arrastrarnos al abismo del individualismo. Pero prosperar incluye disponer de tiempo, salud, autonomía, seguridad material, vínculos y oportunidades para desarrollar nuestras capacidades. Y la prosperidad compartida exige preguntarnos cómo nuestras decisiones amplían también las posibilidades de los demás.

 No basta con que el progreso produzca más. Necesitamos decidir qué vida hace posible y quién puede participar de ella.

 La incertidumbre vuelve especialmente importante esta pregunta. Cuando sentimos amenazados (por la IA) nuestro trabajo, nuestra identidad o nuestro futuro, pueden aparecer ansiedad y angustia. Merecen escucha y respuestas concretas. Requieren de nuevos liderazgos. Sería injusto pedir a alguien que transforme su miedo en aprendizaje mientras ignoramos las condiciones que lo rodean.

 El coraje comienza por reconocer esa vulnerabilidad. Continúa cuando, con apoyo y criterio, somos capaces de dar un paso sin disponer de todas las garantías. También cuando pedimos ayuda, cuestionamos una decisión o defendemos un límite necesario. Es todo lo contrario al management autocrático.

 Necesitamos inteligencia humana. Concretamente Inteligencia Antifrágil (IAF), el enfoque que he desarrollado para cultivar nuestra capacidad humana de crecer en la incertidumbre y la complejidad. Mi propuesta tiene una orientación explícita:

 El propósito de la Inteligencia Antifrágil es el amor por la prosperidad compartida. ¿Una herejía?

 El amor y el cuidado orientan la prosperidad que buscamos; la Inteligencia Antifrágil (IAF) desarrolla capacidades para contribuir a construirla. Esta relación es fundamental: podemos aprender, innovar y adaptarnos al servicio de objetivos que dañan. Por eso necesitamos unir capacidades, propósito y responsabilidad por las consecuencias.

 En el modelo UEOIA, sistema de competencias para desarrollar la IAF, hace que esa orientación se convierta en práctica. La mentalidad de crecimiento permite revisar nuestras certezas y escuchar lo que nos motiva. La conexión creativa abre encuentros entre experiencias y perspectivas diferentes. La creación de opcionalidades amplía nuestra libertad para elegir. La gestión y transformación de la incertidumbre ayuda a actuar con criterio ante lo desconocido. La adaptabilidad radical permite reconfigurar hábitos, funciones y estructuras, incluyendo aquellas que están produciendo daño.

 Entrenar estas competencias requiere oportunidades, recursos y vínculos de confianza. El sufrimiento, por sí solo, no garantiza aprendizaje. También hay daños que debemos prevenir y condiciones que tenemos la responsabilidad de cambiar.

 Desde esta perspectiva, el liderazgo que trabaja desde la IAF recobra profundidad humana. Movilizar a las personas en libertad exige comprender qué las motiva, qué las inspira y qué las preocupa; reunir esa diversidad alrededor de una misión compartida y permitir que influya en las decisiones.

 El cuidado se vuelve entonces una responsabilidad concreta: escuchar una objeción, reconocer una sobrecarga, ofrecer tiempo para aprender, explicar una decisión difícil y compartir las oportunidades que genera una transformación.

 Esta mirada resulta especialmente necesaria al liderar la adopción de inteligencia artificial.

 Detrás de una resistencia puede haber preguntas legítimas: «¿Seguiré siendo necesario?», «¿Qué ocurrirá con lo que sé hacer?», «¿Podré aprender?», «¿Quién responderá cuando yo o la herramienta se equivoque?». Liderar exige abrir espacio para esas preguntas y ofrecer respuestas honestas, también cuando todavía son incompletas.

 Aplicar la IAF a la adopción de IA significa despertar curiosidad, facilitar aprendizaje, contrastar resultados, crear alternativas y experimentar con riesgos asumibles. Significa revisar cómo se distribuyen las tareas y cómo evolucionan las responsabilidades. Y exige incorporar a las personas a las decisiones que afectan a su contribución profesional.

 Hay decisiones que revelan el propósito real de esa adopción: qué hacemos con el tiempo liberado, cómo acompañamos a quienes necesitan aprender, qué capacidades humanas queremos preservar y cómo compartimos el valor creado.

 El coraje del liderazgo consiste también en sostener estas preguntas cuando la urgencia reclama únicamente velocidad.

 La experiencia del Liceu me dejó una imagen que conecta con todo ello: voces distintas que escuchan, respiran y construyen juntas algo que ninguna podría crear por separado. Cada contribución conserva su singularidad y, al encontrarse con las demás, amplía lo posible.

 Esa alquimia merece inspirar nuestra manera de liderar y de transformar el trabajo.

 Gracias a quienes anoche nos regalaron tanta belleza. Giulietta y Romeo , Bellini y Romani, me recordaron hasta qué punto el odio puede clausurar el futuro y cuánto coraje requiere abrirle una posibilidad al amor.

 Quiero una Inteligencia Antifrágil que nos ayude a mantener abierta esa posibilidad: aprender con otros, crear alternativas y transformar nuestras condiciones de vida para prosperar juntos, lo contrario no es prosperidad.

Eudald Parera Riera, autor de Inteligencia Antifrágil, mejora crece prospera publicado por LID Editorial

 

 

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